
DÍA 1
Dios es el dueño de todo

VERSÍCULO BASE
Salmos 24:1, TLA
«Dios es dueño de toda la tierra y de todo lo que hay en ella; también es dueño del mundo y de todos sus habitantes».
Introducción
Vivimos en una sociedad que constantemente nos enseña a apropiarnos de todo: mi tiempo, mi dinero, mis logros, mis planes, mi futuro. Desde pequeños aprendemos a medir el valor de las cosas por cuánto nos pertenecen o cuánto esfuerzo nos costaron y, sin darnos cuenta, esa mentalidad se filtra también en nuestra vida espiritual.
El problema no es trabajar, planificar o esforzarnos, sino olvidar una verdad esencial: nada es realmente nuestro. La Biblia declara con claridad que todo tiene un dueño, y ese dueño es Dios. El Salmo 24:1 nos recuerda que no solo la creación le pertenece al Señor, sino también quienes la habitan. Eso nos incluye a nosotros.
Cuando perdemos de vista esta verdad, comenzamos a vivir como dueños absolutos y no como administradores. Tomamos decisiones sin consultar a Dios, retenemos cosas que Él nos pide entregar y priorizamos nuestra voluntad por encima de la suya. Reconocer que Dios es el dueño de todo no es solo una afirmación teológica; es una postura del corazón que transforma la manera en que vivimos.
REFLEXIONA EN ESTO

1
Somos administradores, no propietarios
Todo lo que tenemos nos ha sido confiado por Dios: nuestra vida, habilidades, recursos, relaciones y oportunidades.
Nada llegó a nuestras manos por casualidad. Cuando entendemos que somos administradores, dejamos de aferrarnos y aprendemos a cuidar, usar y compartir con responsabilidad.
La pregunta correcta deja de ser «¿qué quiero hacer con lo mío?» y pasa a ser «¿qué espera Dios que haga con lo que es suyo?».
2
Creernos dueños afecta nuestra obediencia
Cuando pensamos que algo nos pertenece, nos cuesta entregarlo.
Por eso muchas veces resistimos cuando Dios nos pide tiempo, generosidad, servicio o cambios de actitud.
No es falta de fe, sino un problema de pertenencia.
Reconocer a Dios como dueño nos ayuda a obedecer con un corazón dispuesto, entendiendo que Él nunca pide algo para quitarnos, sino para guiarnos y bendecirnos.
3
Reconocer al dueño ordena nuestras prioridades
Cuando Dios ocupa su lugar correcto, todo lo demás se acomoda.
El trabajo, los sueños, el dinero y los planes dejan de ser el centro y pasan a ocupar su lugar adecuado.
Honrar a Dios como dueño de todo significa permitirle dirigir cada área de nuestra vida, no solo lo espiritual, sino también lo práctico y cotidiano.
Conclusión
Reconocer que Dios es el dueño de todo nos libera de la presión de querer controlarlo todo. Nos recuerda que no estamos solos y que nuestra seguridad no depende de lo que poseemos, sino de Aquel a quien pertenecemos.
Vivir con esta conciencia transforma nuestra manera de decidir, de dar y de confiar. No significa que todo será sencillo, pero sí que caminaremos alineados con el propósito del verdadero Dueño, evitando cargas innecesarias y aprendiendo a descansar en sus manos.

ORACIÓN
Señor, hoy reconozco que tú eres el dueño de todo: de mi vida, de mi tiempo, de mis recursos y de mi futuro.
Perdóname cuando he actuado como si yo tuviera el control.
Enséñame a vivir como un buen administrador, con un corazón rendido y obediente. Todo lo que soy y todo lo que tengo te pertenece.
Amén.
